Madre primeriza en el extranjero (parte I)

Pluma


Es un poco difícil de explicar mi sentir, pero… creo que no sé cómo es eso de ser mamá. Me siento perdida, desorientada y olvidada por la madre naturaleza. Trato con todas mis fuerzas de encontrar el camino correcto y por más que busco y busco siento que no lo encuentro, los niños son un mundo tan complejo que a veces se me hace increíble que yo hubiera hecho parte de ese mundo hace no muchos años atrás…

Así empieza un texto que escribí hace ya diez años y que hoy quiero compartir con ustedes, en ese momento mi hijo mayor tenía dos meses de nacido y me encontraba sola en París encargada de su cuidado y de mis deberes como esposa, ama de casa y mujer emprendedora. No se si solo me ocurrió a mí por ser madre migrante y primeriza, pero estaba tan aterrada con la gran responsabilidad que tenía y con todo ese trabajo, que pensé que no sería capaz. Y el texto continúa:

..pero ahora no sé por donde empezar. Me levanto, arrullo, consuelo, doy de comer y me siento perdida en un mundo que no domino. ¿Dónde quedé yo? ¿mis deseos? ¿mis necesidades? ¿mi cansancio?  ¿mi sueño? Hasta hace poco solo era yo y mis problemas, ahora solo es él y sus prioridades.

Busco consuelo y apoyo en los demás y solo recibo palabras que me desorientan aún más.

-El niño llora sin parar -le digo con voz cansada a mi madre por teléfono.

– Solo hay tres cosas que pueden estar pasando: o tiene hambre, o tiene sueño o esta mojado.

-Pero ya revisé y ninguna de esas tres cosas es.

-Está cansado- dice ella completamente segura a miles de kilómetros de distancia -, solo arrúllalo.

-¿Cómo puedes estar tan segura?

-Solo lo sé hija -me dice ella con voz calmada.

-¿Y por qué yo no lo sé? -pregunto con la voz entrecortada.

-Ya lo sabrás, en su debido momento -me dice mi madre para darme consuelo.

Y yo me pregunto ¿acaso ya no soy madre? ¿Acaso este no es el debido momento de poseer esa hermosa sabiduría? Ya tengo un hijo y sin embargo no sé qué hacer. Tengo miedo de cometer un error y hacerle daño al niño, ¿será ese mi problema? O ¿será por estar sola en el extranjero, sin mis padres, familiares que vivan cerca o amigos a los que pueda recurrir? No lo sé, solo siento que estoy cambiando, algo está muriendo y a la vez algo está naciendo. Y no estoy hablando de mi hijo sino de mi interior.

Mi egoísmo está muriendo, agonizando lentamente. Siento que el verdadero miedo es perderme en esa infinita ternura que llena mi corazón cada vez que lo tengo en mis brazos, tengo miedo de no querer volver a trabajar, de no querer regresar a lo que era antes de conocerlo, tengo miedo porque estoy cambiando demasiado rápido.

Nueve meses me preparé para este momento, leí, pregunté, me informé, pero ahora todo eso me parece insuficiente. ¿Porqué nadie escribe la verdad sobre la maternidad? Hubiera sido mucho mejor para mi que me hubieran dicho o hubiera leído sobre la realidad de los hechos que iría a vivir y no sobre el imaginario que las mujeres creamos una vez ha pasado el tiempo.

Ya sabía que el parto era dolorosísimo, lo que no me imaginaba es que ese dolor viniera acompañado de tanto agotamiento y que durara tanto tiempo, pero al final todo salió muy bien y según el médico mi parto no fue tan demorado como el de otras mujeres. Los dolores me empezaron el lunes y mi hijo nació el miércoles.

-Si eso es rápido, pobres las otras -me digo para darme consuelo.

Yo imaginaba que una vez mi hijo naciera, con él desaparecería el enorme estómago, pero al otro día del parto mi cuerpo continuaba igual o tal vez más inflamado que dos días antes. Bueno he de confesar que en eso fui muy ingenua, mi hijo solo pesó dos mil setecientos gramos y yo aumenté diez kilos. !Lo del estómago era de esperarse!

Pero lo que se me hizo más difícil luego del parto fue soportar esa sensación de vacío que sentí cuando las enfermeras se llevaron a mi hijo. Fue como haber perdido la parte más valiosa de mi cuerpo, ya no había pataditas por dentro, ni movimientos intempestivos que me dejaran sin aire por un momento, ya no había dos corazones latiendo en mi interior. Creo que en el momento en que mi hijo nació una parte de mi alma se desprendió y se adhirió a la suya y la única manera que encuentro para calmar ese vacío es… con la proximidad de él.

Había leído que dar pecho era algo increíble. Bueno en realidad lo es, es un momento mágico donde el mundo se transforma en dar y recibir amor y felicidad en enormes proporciones. Pero lo que no me dijeron y no había leído en ningún lado, es que la primera vez -como todas las primeras veces en la vida de la mujer- duele terriblemente, es más, me atrevería a decir que duele aún más que el parto, o al menos así es durante los primeros días, más aún si los senos no son descargados por completo.

Al comienzo, todas las sensaciones son nuevas, a veces los senos se ponen duros y se calientan por dentro, ya aprendí que es porque están llenos. Y luego cuando están vacíos se sienten cosquillas pues el cuerpo empieza a trabajar en la nueva producción, pero esa parte es hermosa, yo podría durar todo el día dando pecho. Mi hijo con sus pequeñas manitos se aferra a él y succiona mientras me mira con esos hermosos ojos grandes llenos de amor y agradecimiento.

Luego vienen las trasnochadas, yo rendida y cansada por todo el trabajo del día deseo dormir, pero mi bebé está despierto, así que sacando fuerzas de no sé dónde, permanezco a su lado cuidando de su tranquilidad olvidándome por completo de mis prioridades. Ahora comprendo cuando todas mis amigas casadas me repetían contantemente: ¡duerme ahora que puedes!

Para mi cambiar pañales ha sido lo peor, no veo nada romántico en ello, aunque los comerciales de televisión lo muestren como lo más hermosos del mundo, sin embargo creo que me acostumbraré y haré de tripas corazón, me aferraré a la fuerza del amor para repeler los olores, aunque no he de negar que una vez cambiado el pañal la sonrisa de complicidad que me suele dar mi hijo, me hace olvidar del mal momento vivido unos segundos antes.

Luego de dos meses, si algo tengo muy claro sobre ser mamá, es que desde que mi hijo nació, una semilla de inseguridad se sembró en mi pecho y ese miedo me lleva a extremar cuidados o a ver peligros que nunca había visto. No se si eso sea el instinto de madre que todos nombran y hablan en los libros, solo sé que puedo percibir cuando mi hijo está despierto sin necesidad de ir a verlo, que mis senos se sienten duros con ganas de explotar cuando mi hijo está hambriento y que ahora he dejado de ser yo, para convertirme en dos personas. Creo que solo necesito aprender a diferenciar las sensaciones, saber en qué momento son mis sentimientos y en qué otro los de mi hijo. Creo que a eso se refería mi madre cuando decía: …”lo sabrás en su debido momento”. Yo lo único que sé es que ahora soy madre y nunca más volveré a ser la que era antes, pues estoy segura de que mi alma se ha partido, y un trozo de ella ahora convive con la de mi hijo y su deber es protegerlo…

Hoy, diez años después analizando ese escrito comprendo que no estaba tan equivocada, ni tan perdida como lo creía en ese momento. La magia de la maternidad actúa en la mujer desde el primer instante en que ese pequeño huevo es germinado y la energía de la vida se propaga en nuestro interior.

Gracias,

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2019-02-11T19:27:39+00:00