La magia del perdón

Pluma


Cuando Alejandra llegó a la playa y se sentó en una banca junto a la orilla a admirar la inmensidad del Mar del Norte, no pudo evitar pensar en lo que había sido su vida. La nostalgia y la tristeza la habían tenido dando vueltas durante más de una hora por la ciudad de Bremerhaven y, sin darse cuenta, se vio manejando por la estrecha carretera junto al borde del mar, la carretera que la llevaría a su hogar, el lugar donde había pasado su infancia y donde había sido muy feliz, al menos durante los primeros años de su vida, pero también el lugar que se había prometido no volver a visitar desde que murió su padre.

Las olas estaban ausentes, el mar estaba ausente, al igual que su amor propio estaba ausente. Pero esa ausencia de agua, tan conocida y tan añorada, la invitaba a la calma y la reflexión. Era una mañana fresca del final de la primavera. El Mar del Norte es famoso por sus mareas de un extremo fascinante, el agua desaparece de la vista por seis horas para reaparecer luego e invadirlo todo de nuevo.

Una gaviota volaba bajo y graznaba sin cesar, parecía perdida, como si buscara a algo o a alguien, al igual que ella, que se sentía perdida y sin saber que hacer o a quien buscar. Pero quizás solo fuera su imaginación y el ave tan solo volaba feliz y expresaba al mundo su alegría graznado sin parar. Cuanto quería ella también poder decir que estaba feliz y gritárselo al mundo, pero no era así. La felicidad se le había esfumado para siempre cuando apenas tenía nueve años. Llevaba tanto
tiempo guardando ese rencor en su alma, que la sola idea de perdonar se le hacía inconcebible.

Sintió un nudo en la garganta y un vacío en el alma le segó el pensamiento, y sin poder evitar el dolor que emergía de su corazón, empezó a llorar. De sus hermosos ojos verdes brotaban grandes lágrimas que resbalaban por sus mejillas rosadas y frías. De esa manera intentó dejar escapar todo lo que llenaba su corazón de tristeza.

A su alrededor nadie la miraba. A pesar de que había muchas personas en la playa, la mayoría estaban ocupadas en su labor de buscar moluscos y gusanos comestibles en el fangoso suelo, cada uno con un balde en una mano y en la otra una pala, caminando de un lado para otro con sus botas de goma que les subían por encima de las rodillas. Algunos incluso lucían esos pintorescos pantalones verdes de goma tan típicos de esas nórdicas tierras alemanas. Por donde iban
caminado las personas iban dejando una estela de huecos que se llenaban de fango y desaparecían como por arte de magia.

Cuando ella era una niña disfrutaba con gran placer de ese ritual y siempre, cada día que no había escuela y su padre tenía tiempo, acudía junto a él a esa misma playa a buscar moluscos que luego disfrutaban en la cena, a pesar de las protestas de su madre. Era una vida agradable y sencilla.

El recuerdo de su madre se le hizo extraño. Hacía tanto que no la veía, que no sabía de ella, que incluso su rostro se le había difuminado en la memoria. Cada vez que trababa de recordarlo solo podía ver una mancha. Podía recordar su voz melodiosa, sus cantos alegres, sus sonoras carcajadas que retumbaban por toda la casa y su olor a futas exóticas. Pero no podía recordar su rostro al igual que no podía perdonarla, o ¿quizás si podía?

Aquella mañana, al igual que todas las mañanas, había llegado a su oficina y se había puesto la toga. Como juez de familia estaba acostumbrada a ver muchos casos de separaciones y de custodia de hijos, pero el caso de esa mañana había tocado lo más profundo de su corazón. Al terminar la audiencia a media mañana se había sentido muy indispuesta, la cabeza le dolía y le daba vueltas, por lo que no pudo continuar con sus actividades del día y había decidido aplazar
todas sus citas y tomarse el resto del día para recuperarse. Pero ella sabía que su malestar era solo una excusa a su problema mayor, esa ira que le carcomía el alma cada vez que veía un caso parecido al de ella. Al salir del trabajo pensó en dirigirse a su casa, pero su mente le había jugado una mala pasada y la había traído a aquel lugar que se había prometido nunca más visitar. El dolor de cabeza había desaparecido, pero la angustia y el vacío de su alma, no.

Unos niños llegaron por su derecha, uno detrás de otro, con sus botas de colores, sus pantalones y chaquetas plásticas, sus cubos, sus palas, sus gorros y sus bufandas para protegerse del frío y del viento. Eran los niños que asistían a la escuela a la que ella misma había ido, lo supo en el mismo instante en que reconoció a la mujer que los llevaba. Era la profesora Rosvita. Su cabello que antes había sido de un rubio pálido ahora era de un blanco inmaculado y su rostro había adquirido las típicas marcas del tiempo, pero seguía conservando ese aire jovial que tantas veces la había consolado cuando estaba en la escuela. Se alegró al verla.

El otro maestro que la acompañaba en la excursión de ese día no le era conocido, era bastante más joven que la profesora Rosvita. Se veía que los niños lo apreciaban bastante pues tan pronto llegaron a la playa se armó un gran revuelo a su alrededor mientras que solo unos pocos permanecieron al lado de la profesora de su infancia, quien apenas se adentró un metro en el fango.

Alejandra, en un impulso de emoción se levantó de su silla y sin pensar en sus zapatos de tacón decidió acercarse a su antigua profesora.

– ¡Profesora Rosvita! -gritó tratando de no pisar el fango desde la orilla seca de la playa.

La mujer de ojos azules y piel blanca, ahora roja por el frio, levantó la vista y se le quedó mirando. Sus ojos se entrecerraron un poco mientras la observaba y luego de unos minutos esbozó una sonrisa y se le acercó.

– ¿Alejandra? ¿Alejandra Müla? -ese fue su saludo.

– No puedo creer que me haya reconocido tan rápido -dijo mientras trataba de cerrarse el abrigo que se le había abierto por el fuerte viento que pasaba.

– Cómo no hacerlo si eres el vivo recuerdo de tu abuela, además de que fui tu profesora toda la primaria. ¡Qué alegría verte de nuevo! -y saliendo del fango le dio un abrazo que sorprendió a Alejandra, quien apenas extendió un poco sus brazos. Se sentía extraña, feliz y triste en una mezcla que le enturbiaba el alma.

– Creí que ya estaba pensionada -dijo sin pensar, al momento en que se arrepentía de lo dicho.

– Bueno, ya estoy pensionada, pero nadie me impide acompañar a los nuevos profesores cuando traen a los niños de excursión a la playa. Thomas, es el que ocupa ahora mi puesto en la escuela y siempre que sale con los niños me avisa para que lo acompañe, sabe que me encanta y me saca de mi rutina.

– Me alegro por ti -dijo Alejandra mirando al joven profesor rodeado de alumnos.

– ¿Sabes? este otoño tengo un viaje a Panamá. ¿No es tu madre de ese país?

– Si, ella es de Panamá -la última palabra se le tornó amarga.

– ¿Estás bien? -preguntó Rosvita con ojos de mujer sabia y conocedora del corazón de las personas.

– Si claro -contestó Alejandra dando un gran suspiro- es que el viento está muy fuerte, pero la dejo para que siga con su excursión.

– Querrás decir: para que siga parada mirando como ese joven profesor da la clase -soltó una sonora carcajada.

Alejandra se le quedó mirando mientras sonreía. Las marcas de su rostro se le hacían más profundas con la sonrisa, pero a la vez la hacía verse más bella. Era ese tipo de belleza que solo pueden reflejar las personas mayores que se sienten satisfechas con lo que ha sido su vida.

– Ven Alejandra -dijo Rosvita y la tomó del brazo para llevarla hasta la banca donde Alejandra había estado antes sentada-. Yo ya soy una persona mayor, dejemos que ese joven se encargue de la clase y sentémonos un rato a mirar el panorama.

El contacto de la mano de Rosvita en su brazo le produjo una sensación muy agradable. El recuerdo de esas largas conversaciones que ellas dos sostenían cuando estaba terminando la primaria y el consuelo que su profesora le había brindado en los días en que creía que no podría superar el dolor de la pérdida de su madre le hizo olvidar por un instante su tristeza. Las dos permanecieron un momento en silencio hasta que la profesora se animó a hablar.

– Sé que hace mucho que no nos veíamos -dijo- , pero te conozco, y tienes esa mirada triste que solías poner cuando eras una niña y había problemas en tu casa. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero si necesitas hablar con alguien puedes contar con esta vieja profesora tuya.

Alejandra permaneció en silencio, preguntándose si podría confiar en ella. Cuando era niña no dudaba un segundo en contarle todo lo que le pasaba, pero ella ya no era una niña. Rosvita había sido la mejor amiga de su abuela paterna, por lo que conocía muy bien su historia. Pero su abuela había muerto hace ya muchos años y el contacto de Rosvita con su familia se había difuminado.

– No tienes que contarme tu vida mi querida niña -agregó la mujer madura con tono de consejo-. Si quieres solo te puedes sentar a mi lado mientras los niños se divierten y nosotras hablamos del clima.

Rosvita le guiñó el ojo como siempre lo había hecho cuando en la escuela la encontraba haciendo alguna pilatuna y no deseaba regañarla.

– ¡Ah Rosvita! -se animó por fin a decir-, cuanto quisiera volver a ser una niña y rehacer mi vida. Desde que dejé la escuela no he hecho nada más que cometer un error tras otro.

– No seas tan dura contigo misma, tu padre me contó que ahora eres juez, así que algo sí debiste de hacer bien.

– Con mi carrera no tengo ningún problema, pero mi vida privada es un desastre -se oyó decir sin poder creerlo. Esperó a ver la reacción de su profesora, pero ella tenía la mirada puesta en los niños que rodeaban al joven profesor y le mostraban sus moluscos para recibir la aprobación de él y poderlos guardar en sus respectivos baldes.

– ¿Te acuerdas cuando veníamos a sacar moluscos, lombrices y gusanos de mar? -le preguntó Rosvita mirándola a los ojos.

– Claro que sí -contestó de inmediato.

– ¿Recuerdas lo que te decía cuando encontrabas uno y me lo enseñabas?

Alejandra se quedó pensando un momento, buscando en la profundidad de sus recuerdos, pero no pudo encontrar la respuesta. Así que la intuyó.

– Que los moluscos son animales solitarios.

Rosvita soltó de nuevo una sonrisa y la miró a los ojos.

– Siempre te destacaste por responder a todas las preguntas, supieras o no la respuesta, y eso siempre me gustó de ti -dijo con amabilidad-. Hay dos clases de moluscos, los que están cubiertos por un caparazón y los que no lo están, pero sin importar qué protección utilicen o que tan profundo en la arena se escondan nosotros siempre podemos atraparlos porque dejan rastros que podemos seguir.

Alejandra se preguntó qué querría decirle ella con eso. A su antigua profesora siempre le había gustado hablar con comparaciones.

– Sabes Alejandra, nosotros los seres humanos no somos muy diferentes de esos pequeños moluscos. Ellos nacen, crecen y mueren unos antes que otros, pero al final alguien los atrapa y mueren. Nosotros los seres humanos al igual que ellos solo tenemos una vida y no hay forma correcta o incorrecta de vivirla. Tampoco importa las cubiertas que utilicemos para protegernos, hay personas que parecen fuertes con un caparazón que las aleja de las demás personas y otras
que se muestran al mundo tal cual como son por dentro, seres sensibles y necesitados de amor, pero seamos unos u otros, un día la muerte nos atrapa. ¿Conoces cual es la diferencia entre esos moluscos y nosotros?

– Que nosotros somos seres inteligentes -respondió Alejandra muy segura

– Que tenemos memoria -la corrigió-, y eso hace que nos vayamos llenado de recuerdos y rencores que no nos dejan vivir la vida con alegría. Te aseguro que, si esos cangrejos pudieran recordar, se la pasarían todo el día borrando sus huellas para que ningún ser los pudiera atrapar, pero entonces no podrían vivir con la libertad que viven su corta vida.

– ¿Me estás diciendo que esos moluscos son más felices que yo?

– Te estoy diciendo que debes dejar de vivir con miedo, que debes olvidar, o, mejor aún, que deberías perdonar.

– Rosvita, esta conversación ya la tuvimos hace muchos años cuando yo era una niña y no me ayudó en nada.

– ¡Porque todavía no has perdonado a tu madre! -la voz de su profesora le retumbó fuerte en sus oídos.

– Es que no puedo -contestó ella de inmediato llevándose las manos a la cabeza-. Cómo puedo perdonar a una mujer que me dejó, que me abandonó y que nunca más quiso saber de mí.

– ¿Estás segura de ello? ¿Nunca hablaste con tu padre de lo sucedido? ¿Has buscado alguna vez a tu madre? Según me contó tu padre la última vez que lo vi, antes de ese infarto que se lo llevara, él siempre estuvo en contacto con ella.

– Lo sé, lo sé -contestó Alejandra con voz desesperada-. Siempre me lo dijo, incluso en su lecho de muerte. Pero yo no quise, ni quiero saber de ella, ella dejó de ser mi madre el mismo día en que se fue de la casa.

– No seas tan dura con ella.

– Rosvita, tú lo sabes, sabes que le supliqué que no se fuera, que llorando la perseguí hasta la estación del tren, pero ella no me quiso escuchar y se marchó.

– ¿Y sabes por qué lo hizo?

Alejandra permaneció en silencio mirando los niños en el fango.

– Alejandra, tu padre ya está muerto ¿y tu sigues sin saber la verdad sobre la partida de tu madre?

– ¿Qué verdad?

– Tu madre sufría de depresiones muy fuertes, tenía una personalidad ambivalente y el día que se fue de tu casa, luego de esa terrible discusión con tu padre, se refugió en casa de una amiga en Bremerhaven y esa amiga la animó para internarse en una clínica. Tu padre lo sabía, esa amiga lo llamó, pero él decidió que eras muy pequeña para entenderlo y por eso no te contó nada. Luego, cuando salió de la clínica, tu padre le dijo que él ya no estaba seguro de seguir viviendo con ella, que era mejor que siguieran separados, ella trató de hablar contigo, pero tú te negaste a verla. Entonces, ella decidió regresar a su país para tomar fuerzas y luego regresar a casa contigo, pero en ese viaje ella conoció a ese otro hombre y rehízo su vida con él. Sé que siempre trató de contactarte o al menos eso es lo que me decía tu abuela, pero tu siempre te negaste a escucharla, ni siquiera quisiste leer sus cartas.

– No me estás contando nada nuevo Rosvita, todo eso ya lo sé y desde hace mucho.

– Entonces, si ya conoces la verdad -dijo con rostro de sorpresa-, ¿por qué sigues sin perdonarla?

¿No crees que los seres humanos tenemos derecho a equivocarnos? ¿Es por eso que eres juez?

¿Crees que la vida es solo de dos colores? ¿Blanco y negro? ¿Qué solo hay dos posibilidades?

¿Culpable o inocente?

– Esta mañana escuché en audiencia el caso de una madre que dejó a sus hijos con el padre de ellos por irse con otro hombre y luego de dos años de ausencia ha regresado a pedir la custodia de sus dos hijos. Esa mujer rehízo su vida con otro hombre, pero regresó y ahora está peleando con todo lo que puede por recuperar a sus hijos. Mi madre, en cambio, se resignó a la primera. Ella debería haber luchado por mí, debería haber pedido mi custodia, debería haberme suplicado de rodillas que la perdonara al igual que yo le suplique de rodillas que no se fuera.

– Eso no lo sabes, porque nunca le diste la oportunidad. Tú en lo profundo de tu corazón, así te lo niegues constantemente, sabes que amas a tu madre y estoy segura de que ella también te ama. Mi querida niña: si quieres que tu vida cambie para bien, solo debes abrir tu mente, tu alma y tu corazón.

– Ya es muy tarde Rosvita. Soy una mujer de treinta y ocho años.

– Nunca es tarde para nada. Eres soltera y eres profesional, y estoy segura de que no te resultará difícil tomarte unas vacaciones y volar a Panamá. Dejar que la magia del perdón entre en tu vida y la transforme en alegría.

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